Ningún grupo puede actuar con eficacia si falta el concierto; ningún grupo puede actuar en concierto si falta la confianza; ningún grupo puede actuar con confianza si no se halla ligado por opiniones comunes, afectos comunes, intereses comunes.
Edmund Burke
Si algo ha quedado claro en este Mundial es la importancia del grupo. Ninguno de los tres
supercracks que debían comerse el mundo
-Cristiano, Messi y Rooney- han pasado de cuartos, y a las semifinales han llegado cuatro equipos que basaban su fortaleza en el colectivo.
Y tres de ellos
-España por supuesto, Alemania y Holanda- se han mirado en el espejo de Guardiola y su Barça para construir equipos ganadores. Qué casualidad. Las tres selecciones han mostrado estilos muy diferentes partiendo de una base común: sacrificio colectivo, igualdad entre sujetos y papel importante del seleccionador entendido como psicólogo.
Joachim Löw y Bert Van Marwijk han transformado por completo a sus selecciones. Los alemanes, históricamente torpes e industriales pero efectivos, se han convertido de repente en equipo de toque donde prima el toque y el buen gusto, fruto de la multiculturalidad.
En Holanda las urgencias históricas y el desencanto se han comido al romanticismo. La naranja sigue siendo mecánica pero en otro sentido de la palabra,
el defensivo. Holanda es ahora un equipo mejor entrenado y construido desde atrás, a pesar de que los mejores jugadores sigue teniéndolos delante. A cambio, ha perdido imaginación y virtuosismo. Sólo
Robben y Sneijder, en papeles muy complementarios, se permiten el lujo de utilizar el verbo jugar.
Y España, ya se ha dicho todo de España.
Del Bosque tiene mucho mérito porque los entrenadores tienden a creerse parte imprescindible del éxito, quizá porque siempre son los primas que pagan el fracaso. El caso es que el salmantino heredó un grupo donde había que tocar poco tácticamente. El entrenador se ha mostrado siempre reflexivo y ha justificado cada acto. El tiempo le ha dado la razón. En resumen, Del Bosque se parece más al grupo que
Luís Aragonés, al que también es difícil reprochar nada.
¿Y quién ha perdido? Pues dos grandes selecciones del Viejo Continente como
Francia e Italia, sobre todo. Y
Argentina, pero en menor medida. Las dos primeras están inmersas en un desesperante proceso cuyo objetivo es reencontrarse a si mismas del que difícilmente saldrán en los próximos cuatro años. En la patria de
Messi es diferente. Saben que tendrán otra oportunidad en Brasil con el de Rosario maduro. Y en fútbol, como en la vida, las perspectivas y la ilusión es lo que anima a seguir trabajando.
Tampoco pueden irse contentos a los brasileños, aunque los juicios realizados me parecen exagerados. Se imponen las visiones cortoplacista que al principio veían en
Dunga a un demonio converso, después a una especie de divinidad de la táctica y finalmente acabaron recordando que Brasil siempre ha jugado al ataque.
Es cierto que Brasil ha traicionado, en cierto modo, su historia, pero no lo es menos que también lo ha hecho Holanda y ha estado a un pie -el de Casillas- de llevarse el Mundial. En fútbol no hay un único camino, y el de Dunga es tan legítimo como el de cualquier otro. Nadie puede negar que estamos ante una hornada floja de futbolistas brasileños.
¿Y África? Se la sigue esperando. En los ochenta y principios de los noventa sorprendían por ser equipos rápidos y alegres, y los románticos se lamentaban de su falta de juego colectivo y dominio de la pizarra. '¡Ojo cuando espabilen!', era la frase. Y seguimos igual, pero diferente. Ahora se han europeizado y han perdido esa alegría que les hacía diferentes. El resultado es el mismo: decepción tras decepción. La conclusión debe ser que las marcas blancas pueden sacar mercado a las consolidadas,
pero nunca sustituirlas.
Y es que romper la tradición, en fútbol, cuesta mucho. Que se lo digan si no a
España, el país donde desde hace años y años se juega la mejor Liga del mundo y donde nunca se había levantado una Copa del Mundo. En lo bueno y en lo malo, la rutina se impone. Los que duden de esta afirmación que busquen a Blatter y le pregunten por los árbitros y la posibilidad de utilizar el vídeo para las jugadas polémicas.