EL OMBLIGO Y EL OJO
Rubén Olveira
30/08/2010
09:44
El pensamiento de Oriente insiste en el desarrollo de la mirada interior, ese atributo que nos permite bucear en nuestras profundidades. En la sima de nuestro Yo, permanecen en estado de latencia nuestros ángeles y nuestros demonios, nuestras temeridades y nuestros temores, y cuantas otras cosas más que podríamos seguir enumerando sin parar. No hemos de buscar más allá de nosotros. Los partidarios de esta doctrina abogan, casi de manera exclusiva, por el conocimiento de uno mismo, en detrimento del mundo exterior. La Verdad está en nosotros, afirman. Cuanto más se conozca a sí misma una persona, mejor será su vida íntima y más armoniosa su relación con el universo. Sus creencias nos incitan a la meditación. Nos invitan a la resignación ante las contrariedades de la vida, a la contemplación y casi a la inacción. Deberíamos gozar sin tribulaciones de los prodigios de la naturaleza, sin querer alterarlos. Deberíamos dedicar tiempo al análisis de esas frases aparentemente oscuras, tan sabiamente confeccionadas, que tanto abundan en la filosofía de Oriente, y que contienen las pistas para llegar al conocimiento verdadero. Pero a nosotros, pobres occidentales, tales adagios herméticos se nos convierten en complejos rompecabezas. Esto sucede porque nuestro espíritu está cegado por malos hábitos, nos dicen, y siempre interesado en ocuparse más de lo que hay fuera que en desvelar lo que guardan impresas celosamente nuestras entrañas, y porque siempre andamos detrás de logros materiales y empeñados en cambiar las cosas que, según ellos, ya están bien como están porque siempre han estado así y así seguirán estando.
Hace poco, vi un reportaje que trataba sobre la vida de estos maestros. En una de las escenas, un hombre rollizo sentado como un Buda, en su afán por inspeccionarse a sí mismo, luchaba infructuosamente por mirarse el ombligo. La pronunciada comba de su abdomen se lo impedía. Si yo hubiera estado en el lugar de los hechos, les juro que le hubiese proporcionado un espejo, pero seguramente hubiera incurrido en un desaguisado, porque ese trozo de cristal con azogue del que nos valemos los occidentales para ver lo que no está de manera fácil a nuestro alcance, no es otra cosa que una materialización más de nuestra propensión a no esforzarnos. Con seguridad, el monje lo hubiera desechado y se habría compadecido de mi pereza. Luego, siguiendo la observación del documental y puesto a pensar en los kilos de más que soportaba la osamenta del asceta, me asaltó una duda nada espiritual. Me pregunté de qué se mantenía ese buen hombre tan sobrealimentado si todo el santo día se lo pasaba haciendo girar unos cilindros de madera al orar, meditando y mirando hacia sus adentros. ¿Cómo se nutría? Pensé mal porque es más fácil que pensar bien, y se me ocurrió que otra persona estaría cosechando el grano o cebando a alguna bestia para proveer de comida al rezador, mientras éste meditaba. Y a tal punto me convencí de que debía de ser así, que hasta llegué a sentir pena por ese campesino que me acababa de inventar, porque supuse que si debía encargarse del yantar del voluminoso santón además del suyo propio, estaría todo el tiempo pendiente de lo material, y poco le quedaría para dedicarlo a la oración y a la purificación de su alma.