En los tiempos que corren la imagen que proyectas, el cómo te ven, lo que piensan de ti, tiene una importancia fundamental. Las marcas destinan ingentes recursos a construirse una imagen pública y a mantenerla, y eso que llaman branding es una parte fundamental de su estrategia: no ponen el acento en la calidad de los productos, sino en que los producto son suyos, y sólo por eso le tienen que comprar, porque su marca tiene un prestigio. Obviamente, a la larga, si se dedican a comercializar productos malos, no habrá branding que les pueda salvar, pero de momento, y con productos de similar calidad a la competencia, la cosa sirve.
Bajando a nivel de producto, la cosa es similar, no importa tanto si el producto es más o menos bueno (en muchos sectores la calidad de los productos, además, es similar) sino lo que a la gente a quien se dirige (el target) le parezca bueno. Así, las empresas que venden detergente hacen preguntas como qué olor se asocia más con la limpeza (como si la limpieza oliera a algo, por otra parte) o las de alimentos preparados qué sabor es el más casero (como si cada comida casera no tuviera su propio sabor). Y obran en consecuencia, da igual que el detergente en cuestión sea el que limpia más y mejor o la comida el preparado de forma más casera, mientras el público lo piense, ya basta.
Estas estrategias tienen, además, su lado oscuro, que pasa por denigrar la marca y/o el producto ajeno, ya sea directamente, con críticas explícitas, ya sea mediante campañas de descrédito más o menos anónimas, que utilizan el rumor como arma fundamental.
¿Podemos trasladar esto a la política? Es evidente que hay quien piensa que sí. Muy a menudo candidatos mediáticos, que han tenido un escaparate donde promocionarse, tienen un éxito electoral desproporcionado en relación con la consistencia de su discurso y de su ideario, incluso teniendo unos comportamientos censurables (el caso de Laporta con SI, o años antes de Gil y Gil). Yo no pienso así. La política no es neutra, las decisiones que se toman no lo son, las cosas no sólo se hacen bien o mal, sino que se hacen con una determinada intencionalidad, según el objetivo que cada partido tenga, y eso no se puede perder de vista.
Hacer política no es vender detergente. Si vendes detergente, le pones el olor, el color, el tipo de envoltura que el público, el target, pida, da igual, ya que lo que se trata es de vender. Si haces política, defiendes las ideas que consideras mejores, independientemente del apoyo que tengan (si no, todos los partidos ofrecerían la misma, determinada por la correspondiente encuesta, y tan contentos). Así, si yo estoy en contra de la xenofobia, no haré propuestas xenófobas, por mucho que el electorado lo pida, igual que no propondré el endurecimiento sistemático e indiscriminado de las condenas penales, por mucho clamor popular que exista. Esto ya hay otros que lo defienden. Para que todos los partidos -con excepciones- tengan sus principios, e intenten defenderlos. Aquí no se aplica, o no debería aplicarse, la máxima marxista (de Groucho) de: "estos son mis principios, y si no le gustan tengo otros".
Hacemos política para intentar que la sociedad se acerque lo máximo posible a lo que es nuestro ideal, y lo que no haremos será acercar nuestro ideal al que la sociedad piense en un determinado momento por el solo hecho que es lo que la gente pide ( lo que no quiere decir que nuestro pensamiento no evolucione y se adapte a la realidad, lo contrario sería un suicidio). Ofrecemos lo que creemos mejor, no lo que creemos que la gente percibirá como mejor. No es lo mismo.
Porque, además, con unos medios bastante potentes es fácil hundirse y elevar a personas e ideas, predeterminar opiniones y actitudes en favor o en contra, ya sea mediante la crítica directa o esparciendo rumores malintencionados, y si lo aceptamos, si lo damos por bueno , en cierto modo estamos admitiendo que los poderosos, los que tienen poder para hacerlo, condicionen nuestra actividad, y que su voluntad valga más que la del resto de ciudadanos. Estamos admitiendo la berlusconización de la política. Y yo no lo acepto. Puedo acertar o puedo equivocarme, pero seré yo quien lo hará, y con mi criterio, no para intentar gustar a nadie.
Y es por eso que creo que debemos ofrecer a los ciudadanos lo que creemos mejor, diga lo que diga la demoscopia. Y lo que yo creo mejor para Barcelona, el mejor candidato a la alcaldía, sin desmerecer a nadie, es Jordi Hereu, y será a quien votaré en las primarias. No sólo con el corazón, también con la cabeza. Porque conoce Barcelona y la quiere, porque lleva años trabajando por ella y quiere seguir haciéndolo, porque tiene un proyecto para nuestra ciudad, proyecto que muchos de nosotros compartimos, porque lo ha defendido ante quien ha hecho falta a pesar de las dificultades y las durísimas y nada espontáneas campañas en contra (y no faltan ejemplos, como el paso del AVE por el centro de la ciudad que debe permitir un día mejorar el servicio de cercanías, entre otras cosas), y porque su gestión le acredita, incluyendo los errores, que sólo puede cometer quien actúa, nunca quien se queda quieto a verlas venir, como el Sr. Trias. Y, para mí, eso vale mucho más que la opinión distorsionada que se ha querido crear.