En remojo
Andrés Madrid
09/03/2010
11:04
Quienes vivimos en zonas rurales, recibimos encantados el interés de los urbanitas por pasar unas horas o unos días compartiendo el espacio con ese universo de paz, naturaleza, gallinas picoteando a su aire y otros animalillos más o menos asilvestrados.
Las casas rurales fueron, todavía son, la esperanza económica de muchos pueblos que, de no existir esta alternativa, ya hubieran fenecido.
Pero los urbanos no se adaptan así como así a la vida campestre y han ido demandando aquellas cuestiones de las que ya no pueden prescindir vayan donde vayan. Ante esta demanda, las casas rurales van perdiendo, poco a poco, su inicial carácter para transformarse en un híbrido extraño en el que se han sustituido las hogazas recien cocidas por el pan integral, los despertares a golpes de canto de gallo por el wifi, el silencio por los politonos de los móbiles de la clientela y la última deformidad la constituyen esos extraños elementos que ni nombre tienen en la lengua autoctona: los spa.
Ningun establecimiento puede ya prescindir de ofrecer la tontería; plegados a la demanda remojan a la clientela en los líquidos más diversos: agua, vino, chocolate, tónica, barros varios o caca de vaca, eso sí, perfumada. Tras el remojón, alguien, que antes se dedicaba a la cría del carnero, da un sobeteo al demandante que se va convencido de la bondad del magreo ante el asombro de los aborígenes que, en la intimidad, se descojonan con esta afición al remojo que tienen los de la ciudad.
Recuerdanme estos establecimientos a ese magnífico anuncio de una fabada de bote que una sabia anciana coloca al urbanita convencido de vivir una experiencia auténtica.